El Centro de Artes de la Secretaría de Cultura de La Pampa invitó a la apertura de “Hombres de hierro”, un ensayo fotográfico del fotoperiodista pampeano Pablo Facundo Rivero Maldonado, bajo la curaduría de Julieta Mansilla. La cita será el viernes 14 de agosto a las 20:00 horas.
Según divulgó la Agencia Provincial de Noticias, la exposición toma como eje la historia de resistencia iniciada en 1999, cuando los dueños de la fábrica metalúrgica Luna Hermanos abandonaron la planta en General Pico, dejando a cientos de familias sin empleo. Frente al vaciamiento, los obreros ocuparon las instalaciones durante un año hasta conformar, el 6 de abril de 2000, la Cooperativa de Trabajo La Histórica.
En los años 1970-1980, Luna Hermanos era una de las fábricas de tuercas y tornillos más importantes de la Argentina. A pequeñas fábricas de tuercas y tornillos en la ciudad de Buenos Aires, en el momento de la debacle de la dictadura militar y el plan de Martínez de Hoz, se les hacía muy difícil competir con Luna Hermanos. Los buloneros porteños, muchos con talleres al fondo de los pasillos de viviendas que albergaban a dos familias, una en el frente de la casa, y otra en el primer piso, luchaban para mantenerse. Luna Hermanos exportaba a Cuba, por ejemplo, entre otros lugares.
Conocí a esos buloneros, personas que se habían educado en una escuela industrial que estaba en la avenida Lope de Vega, en la ciudad de Buenos Aires. Esos pequeños talleres, hijos de aquellos emprendimientos que trataron a impulsar la pequeña y gran industria argentina, eran lugares de encuentro de descendientes de italianos, españoles, polacos, entre otros.
En algún momento, mientras quien escribe estas líneas trabajaba en la fábrica de los hermanos Antonio y José Marzano, con la ayuda de un único empleado, el querido Omar, los fabricantes egresados de esas escuelas industriales se reunían para ver cómo se hacían las bases para hacer moldes de recipientes que almacenaran dentífrico, por ejemplo.
Eran tan solidarios los Marzano, que me proveyeron de un mameluco que era de José. Lo acomodó la mamá de los Marzano, quien se acercó una vez mientras iba a buscar las facturas con las que desayunábamos en el taller, y me preguntó si no me ofendería que acomodara el mameluco para mí, quien había ido a Buenos Aires a estudiar y me alojaba cerca, en casa de familiares de mi padre. El trabajo me lo consiguió un ebanista vinculado a españoles que me escuchó cuando pedía trabajo en un quiosco y pedía leer Clarín para encontrar empleo. Me presentó a los Marzano, y de allí conocí a la mamma, a los tíos y a los artesanos de ese clan. El padre de los Marzano había conocido a mis abuelos paternos, a mi padre, menos, y a mi tío Pichín.
José Marzano -hincha ferviente de Deportivo Italiano, que estaba en el descenso- había ido a Mercedes Benz, en Alemania. Se volvió “porque me querían dar chucrut. Yo extrañaba las pastas de la mamma”, dijo. Luchaba en el taller para que se soldara un ‘sombrero’ de acero en una tuerca de hierro. Pepe me aconsejaba que me “volviera a La Pampa, a correr chinas por el campo”.
Cuando hubo un operativo militar cerca y buscaban en todas las casas, Antonio habló con ellos, los dejó entrar al taller, que revisaran toda la casa, los techos. “Vos quedate acá” - dijo-, luego regresó para avisarnos a Omar, y a mí, que todo había pasado.
Conozco a esos artesanos: había quienes trabajaban el vidrio con fuego y hacían maravillas para que las medidas coincidieran con ’los fierros’ que sostendrían esa creación. Lo hacían porque eran artesanos, en la cabal palabra que en el medioevo, y más acá, enaltecían con el respeto y admiración a esos malabaristas de todas las artesanías. Agradezco a la vida haberlos conocido.
Una vez en La Rural hubo una exposición de máquinas importadas que hacían miles de tuercas y tornillos en un abrir y cerrar de ojos, casi sin intervención humana. Comenté con Antonio Marzano que a lo mejor podía comprar una para tener una mayor producción y venta. “Y qué hago con Omar y con vos”, expresó.
R.D.G.
A través de elementos simbólicos (como el reloj de la cooperativa que ordena el tiempo de trabajo desde hace 26 años o el hierro moldeado en engranajes y tornillos), “Hombres de hierro” invita a reflexionar sobre la vigencia del cooperativismo, la propiedad de los medios de producción y la capacidad de la clase trabajadora para forjar un nuevo comienzo allí donde se había decretado un final.
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